FATIGA CRONICA, por qué siempre estoy cansado?

Fatiga cronica, por qué siempre estoy cansado?

24 Ago 2013 / ADM / MUNDO

La causa o causas últimas de la fatiga crónica aún se desconocen, la comunidad científica ve como el posible origen la combinación de varios factores entre los que se encuentran agentes infecciosos, anomalías cerebrales y exceso de actividad del sistema inmune.

Para Carlos y Laura no hay descanso. Ni el dormir horas logra acabar con su agotamiento. Su fatiga se debe a algo más que el cansancio propio de quienes llevan una vida atareada, están en constante tensión, trabajan en exceso o sufren una enfermedad física o psíquica o espiritual que los debilita.

Para Carlos, a diferencia de todos los que en algún momento se sintieron extenuados, el cuerpo no le ha pedido un respiro, simplemente le ha dicho basta. Y no por un par de días o una semana. Por meses, tal vez, años.

La culpa es que viven luchando por levantar su propio peso, y sobrellevando el malestar general, los dolores musculares y articulares o la pérdida de memoria— entre otros muchos síntomas—, es una patología conocida como Síndrome de Fatiga Crónica, una enfermedad fantasma cuya incidencia se desconoce.

En algunos registros de pacientes que han sido realizados en Cataluña afirma que hay un paciente afectado por cada 1.000 habitantes.

Síndrome fantasma

Todavía muchos especialistas desconocen su existencia, los pacientes pueden tardar años en recibir un diagnóstico y cuando lo tienen, en muchos casos, los médicos no saben cómo ayudarlos.

La mayoría de los enfermos consultados coinciden en que han peregrinado de consulta en consulta durante meses o años buscando la razón de su agotamiento y de su mal. En este camino, buena parte ha obtenido la misma respuesta frustrante: «No tienes nada», «Te lo estás inventando» o «Todo está en tu cabeza».

Por eso casi todo los afectados, cuya vida social, familiar y laboral se ve truncada por la enfermedad, afirman que, peor que sufrir el propio síndrome es la soledad, el aislamiento y la incomprensión de los otros.

Sienten impotencia, porque a pesar de que se dan muchas teorías relacionadas con la causa del síndrome, todavía se desconoce su origen y no hay una tratamiento definitivo. Aun así, en muchos lugares no se está llevando a cabo ninguna investigación en este campo.

No es mortal

El síndrome no es mortal, pero sí tremendamente invalidante. Un 80% de los enfermos sigue sin poder trabajar a los cinco años de haber contraído la enfermedad, según datos aportados por el seguimiento de un grupo de pacientes», afirma Joaquím Fernández Solá, del Servicio de Medicina Interna del Hospital Clínico de Barcelona, y uno de los pocos especialistas españoles dedicados a este síndrome.

Un caso que aclara como surge esta patología lo tenemos en 1996, Maite Subirats, que acaba de cumplir 31 años, era intérprete de la Guardia Civil en Barcelona. Después de pasar una gripe «mal curada», según sus propias palabras, notó que las piernas le temblaban y que le faltaban las fuerzas.

«Un día tuve que ir a un atestado y me caí redonda al suelo. Al principio le di poca importancia, pero me volvió a pasar lo mismo. Sin embargo, esta vez me quedé parapléjica en la cama durante un tiempo. Los médicos no encontraban qué tenía, y a pesar de que mi estado me obligaba a hacer una media de una o dos visitas semanales a los servicios de Urgencias de los hospitales de Barcelona, todavía tuve que escuchar decir algún médico que me lo estaba inventando todo o que estaba loca».

Un año más tarde Maite fue diagnosticada de Síndrome de Fatiga Crónica (CFS, de sus siglas en inglés). En la historia clínica de una buena parte de los afectados por este síndrome que han logrado su diagnóstico se puede leer el mismo antecedente: una enfermedad infecciosa.

«Para la mayoría de los casos, el desencadenante ha sido una patología vírica aguda, cuyos síntomas se cronifican y que acaba dejando una fatiga mantenida que impide la realización de las tareas cotidianas», destraca el doctor Joaquím Fernández Solá.

Laura, es una paciente de Barcelona cuyo testimonio está en Internet, recuerda que todo comenzó a los 28 años con lo que parecía una simple amigdalitis. La infección duró seis meses y no se iba con los antibióticos. «Seguí encontrándome mal, tremendamente cansada, pero las pruebas de sangre y las radiografías daban normales. Me acabaron diciendo que estaba angustiada y un poco depresiva. Aquí empezó mi segundo calvario, cuando me decían que no tenía nada y que todo estaba en mi cabeza». Después de siete años, Laura fue diagnosticada de CFS.

El desconocimiento

Los enfermos creen que el desconocimiento de la enfermedad es la razón por la que, además de no recibir un diagnóstico, son calificados de locos o imaginativos.

«No sólo la Organización Mundial de la Salud lo reconoció en 1989, sino que los estudiantes de Medicina lo estudian durante su carrera. Y aunque hoy más médicos la conocen, sigue existiendo un gran número para el que sólo tienes cansancio», recalca María Luisa Parés, una enferma de CFS desde hace ocho años.

Por estos argumentos, los especialistas se defienden reconociendo que la aparición de la enfermedad en la literatura médica es tardía (a mediados de los ochenta) y que, también, que su diagnóstico es complicado porque debe realizarse por exclusión.

«Para poder llegar a dictaminar que existe el CFS, primero hay que descartar muchas otras patologías, dado que su sintomatología también es característica de otros muchos trastornos», dice Antonio Pardo, del Servicio de Medicina Interna del Hospital Rúber Internacional de Madrid.

Tal y como explica el doctor Fernández Solá, «no todos los médicos saben que el síndrome existe y cuando el paciente se presenta en consulta con un aspecto normal, sano y sus analíticas también son normales, el médico no sabe a lo que se enfrenta. Este es uno de los motivos por los que los pacientes, que tienen que ir de consulta en consulta, poseen la sensación de que el médico es incrédulo ante sus síntomas y no muestra interés, y se sienten desatendidos».

Condiciones de diagnóstico

En 1998, el Centro de Control de Enfermedades de Atlanta (CDC), en Bethesda (EEUU) hizo públicos los criterios para poder recibir un diagnóstico del síndrome: la presencia de fatiga crónica severa durante seis mes o más, con la exclusión de otras condiciones médicas físicas o psíquicas, el cansancio que no desaparece con el descanso y presencia de cuatro o más de los siguientes síntomas: la pérdida de memoria y de concentración, dolores musculares, dolores en las articulaciones, inflamación de la garganta, inflamación de los nódulos linfáticos en nuca o axilas, cefaleas de un nuevo tipo o nueva intensidad, y malestar y estar exhausto más de un día después de un esfuerzo.

Aunque estos síntomas sirvan para aclarar quiénes padecen CFS, existen otros muchos que también caracterizan al síndrome. Entre los físicos se destacan: la fiebre, los problemas de sueño, sequedad de boca y ojos, mareos, congestión, diarrea, variaciones en el peso, vómitos, alergias, presión sanguínea baja o infecciones recurrentes.

Entre los síntomas psíquicos más comunes son los cambios de humor brusco, tristeza, ansiedad, depresión y ataques de pánico, mientras que los neurológicos van desde la confusión y la desorientación hasta los trastornos de la visión, de la coordinación motriz o los trastornos del sueño.

Por todos estos síntomas, y dependiendo de su severidad, los pacientes ven reducida en un 50% su capacidad para llevar a cabo las labores diarias. En casos más graves, como el de Maite, pueden quedarse temporalmente inválidos.

En las dos últimas décadas han salido a la luz nuevas investigaciones relacionadas con el síndrome, pero aún los científicos desconocen las causas últimas que lo desencadenan. Si se sabe, en cambio, que la enfermedad no hace distinción de sexo, edad (aunque es más frecuente en personas entre 20 y 50 años) o raza.

«En algunos estudios previos se destacó que la patología era más común entre las mujeres y entre la clase media alta, pero es algo que se ha ido descartando en otros estudios», dijo Josep María Grau, del Servicio de Medicina Interna del Hospital Clínic de Barcelona.

Causas que no se conocen

También se ha indicado que las personas sometidas a niveles altos de estrés o con una fuerte demanda laboral tienen más riesgo de desarrollarla, de ahí que en un principio al síndrome también se le conociera como la gripe del yuppie. Estos datos no han sido suficientemente demostrados.

No se sabe a ciencia cierta cuál puede ser el origen de la enfermedad. «En los últimos años se ha demostrado que existen mediadores neuroquímicos involucrados, de ahí que algunos pacientes mejoren con antidepresivos, pero también se han encontrado alteraciones inmunológicas en los pacientes», dice Julián Ruiz Galiana, jefe del Servicio de Medicina Interna del Hospital Gregorio Marañón de Madrid.

Anomalías cerebrales, agentes infecciosos, hiperactividad del sistema inmune, hipotensión e hiperventilación son hipótesis que da la comunidad científica como posibles desencadenantes de la enfermedad.

Así, el virus Epstein-Barr, herpes tipo 6, el citomegalovirus o cándida, están entre los microorganismos que han sido relacionados con la patología. Referentes a las anomalías cerebrales, algunos trabajos han demostrado que las personas con CFS tienen deficiencias en los niveles de cortisol, una hormona que se produce en el hipotálamo y que es un fuerte supresor del sistema inmune. Se han hallado niveles anormales de neurotransmisores (un exceso de serotonina y una deficiencia de dopamina) entre los afectados.

En estos enfermos existen deficiencias en el sistema inmune, mientras que algunos componentes poseen una actividad excesiva, otros, en cambio, actúan a un nivel deficitario.

«No existe una causa única y que tampoco hay un tratamiento concreto para la enfermedad, los pacientes suelen recibir distintos tipos de fármacos. Muchos de ellos mejoran con antiinflamatorios, antidepresivos y vitaminas», dice el doctor Grau.

En la actualidad algunos tratamientos que aportan efectos beneficiosos a los pacientes son los suplementos de Q10, una coenzima que está presente en todas las células y que cumple un papel fundamental en la producción de energía a nivel celular. La hormona DHEA en dosis de 25 a 100 miligramos al día también es recomendada por algunos especialistas, dado que mejora las funciones cognitivas y aumenta la energía, aunque no está exenta de efectos secundarios.

El cambio en el estilo de vida, la práctica de ejercicio, en la que el paciente debe iniciarse lentamente, evitar las situaciones de estrés, llevar una buena dieta y la terapia cognitiva han demostrado ser medidas eficaces contra el síndrome.

La esperanza de médicos y pacientes está depositada en la NADH, una coenzima cuya función es la de disparar la producción de adenosin trifosfato (ATP). Este enzima se encuentra en todas las células y es necesario para convertir los alimentos en energía.

Una investigación reciente con la NADH demostró que el 30% de los pacientes que la consumieron dicen sentirse mejor y con más energías en comparación con el 8% de los que tomaron placebo.

«Nuestro mayor problema es que cuando vamos a Urgencias porque hemos sufrido una recaída y dices que tienes el CFS te mandan a casa sin tratamiento. Tendrían que existir unidades especializadas en las que nos atendieran en condiciones y en las que se pudiera hacer un verdadero seguimiento de los pacientes», dice María Luisa. Especialmente si se valora que, según el CDC, sólo un 12% de los pacientes vuelve a la normalidad después de los ocho años de contraer la enfermedad.

¿Una nueva Patología?

El el CFS ha sido calificado como una enfermedad nueva aunque fue descrita ya en 1880. George Beard, neurólogo estadounidense acuñó en esa fecha el término neurastenia, para describir «un desorden físico provocado por la pérdida de fortaleza nerviosa».

A pesar de que en los últimos 70 años se han descrito epidemias con sintomatología similar al CFS en todo el mundo, fue en 1984 cuando se empezó a escribir la historia actual del síndrome. Los doctores Paul Cheney y Dan Peterson alertaron en esa fecha al CDC para que investigara la causa que provocaba el malestar crónico, con los síntomas similares a los de una gripe, que sufrían 200 pacientes de Incline Village, en Nevada. A partir de entonces, el CFS empezó a estudiarse de forma más sistemática.

www.elmundo.es

https://youtu.be/EUnWkdcZgEo

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